No es baladí volver a repetir algunas de las afirmaciones señaladas en otros posts anteriores y afirmar que la extensa pugna por la hegemonía oceánica entre España, Francia e Inglaterra hunde sus raíces en los siglos XVI y XVII, aunque el advenimiento de los Borbones y el Tratado de Utrecht (1713) marcarán un nuevo escenario político y estratégico.

 

La Guerra de Sucesión Española bien podría haberse llamado de liquidación del dominio hispánico en Europa, al finiquitar la presencia en la península itálica y los Países Bajos. Las medidas correctoras que alteraron este desajuste se cimentaron en el Tratado de Utrecht y éstas se cifraron en la cesión a Gran Bretaña de Gibraltar y Menorca y la concesión del asiento de negros en las colonias ultramarinas. La ruptura del monopolio comercial ultramarino era una de las amenazas más temidas por los estrategas hispanos.

El 14 de mayo de 1747 y dentro de la Guerra de Sucesión Austriaca tiene lugar la batalla de Finisterre, donde la flota de De la Jonquière (4 navíos, 3 fragatas y 30 mercantes) fue clamorosamente derrotada por la de Anson y Warren que comandaban una de 14 navíos, 2 fragatas y un burlote. Los franceses lograron salvar la fragata Eumeraude de 40 cañones y 27 mercantes y aunque la presa inglesa superó más de 300.000 libras su triunfo incuestionable no fue del todo completo.

Menos de tres meses después el mariscal de Saxe consigue en territorio holandés tres victorias en Rocoux, Lauffeld (Maastricht) y Berger op Zoom, lo que llevó a que Francia e Inglaterra optaran por firmar la paz de Aix-la-Chapepelle (Aquisgrán) el 18 de octubre del 1748.

Fue entonces cuando Ensenada se percató ¡por fin! de que España había sido desplazada del escenario político y de que había llegado el momento de conseguir una marina competente. Para ello pone en marcha su plan de espionaje, largamente pensado. Ensenada tenía razón, y un orgulloso Marqués afirmaría al caer en desgracia, que nuestra marina se hallaba en este tiempo en el mismo estado que la Francia...

Durante el siglo XVIII la diplomacia y la guerra deberían haber sido las “joyas de la corona” de la política exterior de España del Primer Secretario de Estado Carvajal; sin embargo, Ensenada entendía que sus competencias, definidas en la R.O. de 2 del abril de 1717, le mandaban ocuparse en todo lo que mira a Marina y construcción de bajeles y especificaba entre otras cosas todo lo que tocare a artillería, municiones, pertrechos y fábricas, y estableció un Plan de espionaje paralelo al oficial de la Primera Secretaría de Estado, aunque a veces utilizaba sus mismas vías y agentes.

 

Ensenada pudo dedicar a estos fines recursos financieros ilimitados y hombres de gran valía para la obtención de información sobre enemigos mediante una compleja red de correos, que los enlazaban entre ellos y con los de los embajadores. Estos eran útiles ya que conocían mejor, al menos en teoría, la realidad del país y contaban con los mejores y más rápidos accesos a las élites del poder al que espiaban...

Aunque los nuevos parámetros de la política exterior de Fernando VI seguían vigentes después de la Paz de Aquisgrán, el Marqués de la Ensenada consideraba a Inglaterra como una amenaza latente e inherente bajo el punto de vista territorial y económico y para resarcir de la Armada, completar y poner en marcha el programa de Patiño, decide que la primera misión debe ser a Inglaterra, a la que considera la potencia naval más potente, conocer sus buques, que los creía mejor construidos que los españoles, la organización de la Royal Navy y todas sus entrañas y empieza a buscar marinos que cumplan con las características que ha diseñado para liderar esa operación y hacerla de manera discreta[1].

 

Jorge Juan lleva algunos meses en Madrid, sin que vea claro su destino, y analiza su vuelta a Malta para proseguir su carrera militar como Caballero de la Orden de San Juan. Ensenada, conociendo sus habilidades, le ha estado ocupando en las más variopintas comisiones, tal vez como son recorrer las costas del norte y noroeste buscando la ubicación del Nuevo Gran Astillero, o empezar las observaciones para levantar el mapa de España...

La llegada al trono de Fernando VI en 1746, a pesar de mantener a Carvajal Primer secretario de Estado y a Ensenada de Hacienda, Marina y Guerra,  produce un cambio significativo en la política exterior: del revisionismo y aventuras militares de su padre, basadas en las ansias bélicas de su madrasta, pasa a ordenar una política de neutralidad activa que permita proteger las relaciones con Ultramar, solventar los efectos de Utrecht y abandonar poco a poco la participación española en conflictos europeos, a los que conducía la subordinación de la política exterior a Francia por los dos primeros Pactos de Familia firmados por Luis XV y Felipe V en 1733 y 1743.

 

Dicen de Ensenada que fue el primero de los pocos grandes políticos españoles de talla universal que actuó siempre de acuerdo con unos planes rigurosamente establecidos por él mismoy de esos planes se vio envuelto Jorge Juan...

La fragata francesa Liz en la que viajaba Jorge Juan hizo ancla, a sin novedad, en Brest el 31 de octubre de 1745. Desde allí le pareció conveniente no perder esta ocasión de pasar a París[1] donde pudo, a pesar de una débil resistencia de La Condamine, acudir a las sesiones y participar en discusiones científicas de la Academia. Allí conoció a Cassini de Thiry, Marian, Clairaut, Reamur o Le Caille entre tantos otros famosos sabios y científicos.

En sus participaciones comunicó (.) a los de la Academia Real de las Ciencias sobre algunas particularidades concernientes (principalmente) a la Aberración de la Luz, y los efectos de esta notados en las estrellas fijas (como) se había observado en la provincia de Quito.

Por todo ello, en sesión de 22 de enero de 1746, días después de cumplir treinta y tres años, fue aceptado como miembro de la Academia de Ciencias en reconocimiento de elevada contribución al progreso de la Ciencia...

Durante la misión geodésica las cosas empezaron a salir mal casi inmediatamente. En algunos casos de forma espectacular. Por allí donde pasaban eran recibidos con profundísimo recelo por los funcionarios y nativos a quienes les resultaba difícil creer que un grupo de científicos hubiese recorrido medio mundo para medir el planeta. En Quito provocaron a los habitantes de la ciudad y una multitud armada con piedras les expulsó de allí. El médico de la expedición fue asesinado por un asunto de faldas. El botánico se volvió loco. Otros murieron de fiebres y caídas. Otro se fugó con una muchacha de trece años y no hubo modo de convencerle de que se reincorporase a la expedición.

 

Conviene, ahora, analizar las mediciones, observaciones y descubrimientos desde otro punto de vista. Algunos autores concluyen que la expedición supuso para Francia un triple fracaso tanto en lo científico y económico como en lo humano...

Terminada de ubicar y medir la base de Yaruquí con la colocación a cada lado de dos piedras de molino situadas en los extremos de cada base, La Condamine planteó la necesidad de erigir sendos monumentos sencillos, uno a cada extremo para sustituir dichas piedras, que sirvieran para perpetuar la hazaña realizada. Es verdad que la ubicación de las bases podría resultar útil en un futuro para nuevas investigaciones.

 

La verdad es qui ni Bouguer ni Godin estaba tan obsesionados como La Condamine en su afán de perpetuidad. Por otro lado, los españoles no plantearon inconvenientes.

 

Con este cuasi consenso La Codamine toma el mando de la erección del monumento, pero las prisas para empezar los trabajos de triangulación quedan, supuestamente, olvidadas excepto para La Condamine que había traído una lápida desde París...

Uno de los problemas que hubo que resolver entre los académicos y nuestros ilustrados tenientes de navío fue la adopción de la unidad de medida en la que se entregarían los resultados. Los franceses preferían la toesa de París, constante en toda Francia y los españoles, por el contrario, preferían la vara. La dificultad de la elección de la vara[1]  presentaba tres problemas adicionales: a) que su longitud no era constante, b) que dependía del valor del codo[2] y c) que este tenía una longitud diferente, por ejemplo.  La longitud de la vara castellana era de tres codos de Burgos.

 

Para La Condamine esa amalgama de unidades era un síntoma del retraso científico y académico en que se encontraba España y de su incipiente y tímida ilustración. Se acordó por tanto, que se realizarían en dos grupos y que los resultados se darían en toesas de Perú[3], previa construcción de dos nuevas toesas porque entendía que las grandes variaciones de temperaturas extremas, humedad y fuertes vientos desaconsejaban el empleo de la toesa de Chatelet...

Cuando Jorge Juan y Santacilia fue seleccionado en 1735 para participar en la Misión Geodésica de Ecuador, él esperaba que estaría trabajando exclusivamente en las Montañas de los Andes, inspeccionando la tierra y observando las estrellas con el fin de determinar la verdadera figura de la Tierra. Como José María Sánchez Carrión describirá en este sitio, él y su compañero guardiamarina Antonio de Ulloa navegaron desde España, se encontraron con los miembros franceses de la expedición en Cartagena de Indias, y para Junio de 1736 estaban en Quito para comenzar las arduas tareas de las mediciones.

 

El trabajo de la expedición fue interrumpido por el estallido en 1739 de la Guerra del Asiento (War of Jenkin’s Ear), en la cual la armada británica lanzó varios ataques sobre el Virreinato español del Perú, en las costas del Caribe y del Pacífico. Aunque Jorge Juan y Ulloa fueron encargados de ayudar a los científicos franceses, eran también oficiales de la Real Armada y  se les exigía ir a la defensa del reino...

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